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El sorprendente caso de cooperación científica entre España y Mongolia ¡en el siglo XIII!
MARIANO MARTÍNEZ PÉREZ. Universidad Complutense de Madrid

Éranse una vez... dos reyes. No eran los Reyes Magos, pero casi, porque eran dos reyes astrónomos. Cosa rara. Seguro que los restantes reyes astrónomos que en la historia ha habido se podrían contar con los dedos de la otra mano, ¡y sobrarían unos cuantos dedos! No eran reyes modélicos, como veremos, pero ambos protagonizaron una verdadera hazaña científica en su época.

Alfonso X el Sabio

El primero de ellos era español; es decir, era de los que iban haciendo poco a poco, y a mandoble limpio, esa cosa que ahora llamamos España. Se llamó oficialmente Alfonso X (1221 1284), y todos los escolares de antaño lo conocían muy bien como "Alfonso X el Sabio" (hoy no creo que lo conozcan de ninguna manera; ¡país!).

Y, efectivamente, fue un gran promotor del saber astronómico, en una época tan poco proclive a esas frivolidades como era la segunda mitad del siglo XIII en esta tierra arisca. Reunió en torno suyo a un fecundo grupo de sabios árabes, judíos y cristianos, para traducir o reelaborar hasta 15 obras árabes, que constituyeron la obra magna: Los Libros del Saber de Astronomía. Pero la obra más importante elaborada en la corte sevillano toledana de Alfonso X fueron sus famosas Tablas Alfonsinas, basadas (con correcciones y ampliaciones) en las tablas toledanas del gran astrónomo andalusí cordobés al Zarqali (1029 1087), conocido en el occidente latino como Azarquiel. De estas tablas alfonsíes, que tuvieron gran aceptación durante varios siglos, vamos a hablar enseguida.

Pero algo hay que decir también para desmitificar un poco (solo un poco) la figura histórica "propagandística" de Alfonso X, bastante idealizada por un nacionalismo tan malo como todos. Alfonso X era hijo de una nieta de Federico Barbarroja, una Hohenstaufen, y durante más de 15 años Alfonso despilfarró gran parte del tesoro del reino tratando de lograr sus propósitos de ser elegido Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Sus sucesivas devaluaciones de la moneda para conseguir más y más fondos, aumentó la miseria generalizada y le granjeó una creciente oposición popular (los nobles, por supuesto, también hicieron lo suyo, a río revuelto, pero Alfonso no supo o no quiso controlarlos y meterlos en cintura, y se le desmandaron abiertamente).

Una brillante hazaña del rey Sabio: hizo prender a casi todos los judíos de su reino, no poniéndolos en libertad hasta que se comprometieron a pagarle una renta diaria de 1.200 maravedíes. Un rico judío llamado Zag de la Malea había prestado cuantiosas sumas al príncipe don Sancho, y cometió el gran error de reclamarlas. Ante tal provocación, Alfonso X, deseoso de los aún abundantes bienes de Zag, resolvió el asunto de la manera más sencilla: mandó matar a Zag sin más. (¿Sabio? ¡Qué duda cabe!).

Tras violentos enfrentamientos con su hijo Sancho, las Cortes reunidas en Valladolid en 1282 destituyeron (¡nada menos!) al rey Alfonso X, dos años antes de su muerte. Alfonso X recurrió entonces al Papa Martín IV, el cual puso de nuevo las cosas en su "orden divino", amenazando con excomulgar a todos los rebeldes al rey. Por si acaso el Papa acoquinaba poco, Alfonso X hizo venir en su ayuda, con un ejército moro, al rey de Marruecos (¡nos suena cercano, desde luego!). El padre de Alfonso X, Fernando III, fue un Santo, ciertamente (nos consta); su madre Doña Beatriz de Suabia casi seguro que también, pero lo que es su hijo Alfonso X...

Libro de axedrez, dados e tablas, de Alfonso X

Hulagu Khan

El otro rey de la historia nos cae bastante remoto: se trata del emperador mongol Hulagu Khan (segunda mitad del s. XIII), nieto del no tan temible Gengis Khan, cuyo inmenso territorio se extendía más allá de Persia, y que, tras apoderarse de Bagdad en 1258 y acabar así con la autoridad califal abbasí por el expeditivo pero seguro recurso de la eliminación física del califa, estableció su capital en Maragha, al este del lago Urmia (al sur de Armenia), que es la actual ciudad iraní de Maragheh.

Hulagu tenía un gran interés por las ciencias (como algunos otros jefes mongoles, pese a la ?malísima prensa? que han tenido en la historia), y especialmente por la astronomía. Construyó un gran observatorio astronómico en Maragha, en 1259, con su magnífica biblioteca, y atrajo allí a buen número de sabios, matemáticos y astrónomos de su amplio reino y de otros mucho más lejanos, como veremos. Entre ellos el más famoso fue quizás el persa Nasir ad Din at Tusi (1201-1274).

Y es aquí donde la historia comienza a sorprendernos. Las relaciones diplomáticas bastante flexibles entre el reino mongol de Persia (muy influenciado por los cristianos nestorianos) y algunas cortes europeas, alcanzaron a la corte de Alfonso X. Más que meras relaciones diplomáticas, dado que, por lo que sabemos, Alfonso casó a una hija bastarda suya con el Khan musulmán de la Horda de Oro (¡cosa fina, pobre princesa!), que dominaba el sur de Rusia. Por estas y otras vías no muy bien conocidas debió enterarse Alfonso de que en la lejana Maragha había un gran astrónomo comenzando a hacer unas nuevas tablas astronómicas (las que resultarían ser las Tablas Ilyaníes, ordenadas compilar por Hulagu). Este astrónomo era sin duda Nasir ad Din, y curiosamente parece que Alfonso X intentó traérselo a Toledo o a Sevilla; el resultado de las negociaciones fue negativo, claro, lo cual fue una verdadera pena, sin duda.

Se sabe incluso que algunos astrónomos andalusíes hicieron observaciones en Maragha, seguramente a las órdenes de Nasir ad Din, hacia los años 1265 66. Hay que poner todo esto en relación con las fechas en las que Alfonso X hizo compilar sus Tablas Alfonsinas, entre 1263 y 1272. ¡Estupenda coincidencia!

Y aquí viene el punto más notable de nuestra historia. Resulta altamente probable que los astrónomos de Toledo (o Sevilla) y los de Maragha colaboraran en calcular la diferencia en longitudes entre estas ciudades, observando simultáneamente algún eclipse de Luna, tomando nota de las horas locales y haciendo unas sencillas cuentas. Naturalmente, es necesario que el eclipse se pueda observar simultáneamente desde Maragha y Sevilla, que tienen una latitud común de unos 37° 30' (Toledo, con sus 40º, sería lo mismo).

Tan favorable circunstancia se dio en los eclipses de Luna del 24 de diciembre de 1265 y del 13 de diciembre de 1266. ¿Cómo podemos llegar a sospechar que se produjo, con gran probabilidad, esa lejana colaboración? Pues porque solo un experimento de este tipo, con el cuidadoso registro de datos y su posterior cotejo, quizás después de largos meses de viaje de los astrónomos implicados en él, puede explicar la analogía de los datos y la asombrosamente precisa diferencia de longitudes que aparece en muchas tablas árabes de la época -alguna china incluso, dado que los astrónomos de Pekín y de Maragha también debieron colaborar- ¡y en las que se toma a Toledo como origen de longitudes!

Pekín suele aparecer situado 124° al este de Toledo, en lugar de los 121° reales. ¡Sólo un 2,5% de error!, usando instrumentos que, al menos en occidente, iban poco más allá de la famosa "ballestilla" para medir ángulos, pero, eso sí, con buenas esferas armilares (India, China y Persia), astrolabios y quizás, unas maravillosas "clepsidras" construidas por Azarquiel en Toledo como relojes nocturnos de gran precisión (ver [2] p. 110 114).

Menos mal que Colón no pudo llegar a conocer estos datos casi reales, en vez de los muy erróneos, al alza, de Ptolomeo, porque nunca se habría embarcado para buscar Catay (China) por el oeste (véase [4]). Precisamente el pequeño tamaño supuesto por Ptolomeo para el globo terráqueo (unos 30.000 km para el ecuador), puesto en relación con las distancias aproximadas transmitidas por las narraciones de los viajeros al lejano oriente, hizo pensar a Colón (animado además por Toscanelli) que la longitud occidental de Catay sería bastante menor que 180°, ¡incluso de unos 120° en vez de los 240° reales!.

En fin, volviendo a nuestra historia de los dos reyes astrónomos, hay que reconocer que, en una época como la del siglo XIII, de escasas relaciones internacionales, y de viajes que se hacían interminables y sumamente arriesgados, esta notable hazaña científica nos deja, aún hoy, impresionados. Para más detalles históricos, véase el interesante libro [2] de J. Vernet.

Pero la historia continúa...

Bibliografía

[1] Artículo Alfonso X el Sabio de la Enciclopedia Espasa, tomo 4 (Espasa, Barcelona, 1916).

[2] Vernet, J.: La Ciencia en al Andalus (Biblioteca de la Cultura Andaluza, Sevilla, 1986).

[3] The Times Atlas of the World (comprehensive edition) (Times Books, Londres, 1995).

[4] Artículo Colón de la Enciclopedia Espasa, tomo 14 (Espasa, Barcelona, 1922).